“Decreto de Alhambra”

Listen to this article
7 min
Listen to this article
7 min

La historia de los judíos está plagada de persecuciones y oprobios. Persecuciones, torturas, expulsiones. Uno de los episodios más tristes y de funestas consecuencias fue el Edicto de Granada o Decreto de Alhambra de fecha 31 de marzo de 1492, firmado por Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. La expulsión de los judíos era inminente. Conversión forzada o abandono del reino de España, confiscación de bienes. Plazo perentorio de abandono del país de cuatro meses, hasta el 31 de julio de 1492. 

Los judíos que optaron por irse dejaron todo atrás, sus bienes malvendidos no compensaron debidamente su valor real. Quienes optaron por la conversión forzada no tuvieron la mejor de las suertes. La Inquisición, esa institución tan arraigada en la historia de España y tan escondida para el público general, persiguió a los “nuevos cristianos” con el argumento de que cumplían con los ritos y tradiciones judías a escondidas.

Alegoría de la expulsión de los judíos de España
(Fuente: sephatrad.wordpress.com)

El Edicto de Granada recién fue anulado por el gobierno español en el año 1968, 476 años después. Y en 2015 se aprobó la ley que permitiría a los descendientes de los expulsados recuperar la nacionalidad española. Esta reivindicación, muy tardía, no ha sido para nada expedita, ni cónsona con su origen. Las nacionalidades no se recuperaron en lapsos de cuatro meses ni mucho menos.

El entuerto causado por el Edicto no se ha corregido. Las pruebas necesarias, trámites de rigor, procesos y lapsos de espera, los requisitos solicitados a quienes descienden de quienes fueron agredidos, humillados, convertidos y expulsados, constituyen el epílogo de los daños de un edicto cruel e injusto. Recuperar la nacionalidad es para algunos el ejercicio de un derecho. Para otros, una necesidad de identidad y pasaporte. A fin de cuentas, los problemas e inconvenientes fueron causados por el edicto, no por sus víctimas.

Los judíos han estado en el papel de victimas sin reparos ni defensa desde la expulsión de Judea en tiempos del Imperio Romano, luego de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en el año 70. La historia con España es un eslabón más de una cadena de agresiones e injusticias. Todas cuentan con el denominador común de la falta e incapacidad de los judíos de evitar la agresión o poder vengarla.

La impunidad del antisemitismo es algo que cuesta entender. Al antisemita le confunde y molesta mucho que los judíos de nuestros días no sean las pacíficas víctimas de antaño. Es lo que se entiende de la extraña e injusta posición y acción del gobierno español de turno, por citar un triste ejemplo, con respecto al gobierno y política del Estado de Israel ante Hamás, Hezbolá e Irán. El judío que se defiende, que vence a su adversario y no baja la cabeza, el judío que no inspira lástima y compasión, no es querido ni apreciado. Tampoco un Estado judío. Hasta 1967, el Israel débil y susceptible de ser desaparecido era admirado. El Israel fuerte que derrota a sus enemigos es condenado. Los judíos han de preferir la condena injusta a la compasión sentida.

La historia de los judíos sufre un giro extraordinario una vez que se logra el establecimiento y consolidación de un Estado judío. El antisemitismo antes personal, o centrado sobre comunidades y poblaciones judías —muchas veces grandes, debe decirse— cae en desuso y resulta políticamente incorrecto. La condena al Estado judío y sus acciones —no importa lo legítima que resulte la defensa propia—, la agresión injusta en el concierto de países y naciones, constituyen de muy buena manera la válvula por donde ha de fluir el antisemitismo de antes. Estar en contra de Israel, de su existencia, es una evolución del fenómeno antisemita nunca eliminado. Subyace la convicción de que los judíos no merecen un país ni un Estado y, al tenerlo, hay que aislarlo, denunciarlo. Medirlo con criterios distintos y estrictos. Condenarlo a priori.

Los agresores de los judíos y las causas judías, sin otro motivo que su condición judía, no soportan al judío capaz de defenderse y rechazar la agresión. De allí la impopularidad de un Estado judío fuerte y solvente en muchos ámbitos del quehacer internacional. Algunos países, que no pocos, foros y organismos internacionales. Donde se condena a Israel, y poco o nunca a sus contrapartes y sus iniciativas.

El Decreto de Alhambra fue el antecedente natural de los autos de fe, la quema de judíos vivos. Las consignas antisemitas del nazismo fueron el antecedente inmediato de la Shoá, el Holocausto. Las estridentes declaraciones iraníes acerca de borrar a Israel del mapa, aunado a un plan de desarrollo nuclear y de cohetes, no han sido desestimadas por los judíos del siglo XXI. Una guerra fuerte y dura, que lleva varias semanas, constituye la alternativa a un mal mayor en un futuro que no se veía ya nada lejano. Un Irán con capacidades nucleares y balísticas no resulta ninguna broma para el pequeño Israel amenazado.

Han sido muchos los intentos de acabar con los judíos y su legado. Intentos fallidos que reflejan la torpeza y ceguera de sus perpetradores. Son estos lo que han desaparecido, dejando una tenue huella en la historia de los hombres, no de buen nombre ni proceder. De manera increíble, los judíos han sobrevivido, han levantado cabeza y se han convertido en poderosos.

El antisemitismo de hoy tiene varias caras y un solo objetivo. Para los judíos de hoy, muchos de ellos víctimas del Decreto de Alhambra, esto no es un secreto.

Comentarios

Entradas populares de este blog