“Entre amenazas, sirenas y bombas”
Israel vive, desde su fundación en 1948 y aun desde antes, al borde del peligro. Al borde de su desaparición física, a merced de poderosos enemigos que siempre lo han acechado y han negado su derecho a la existencia. El genérico y general conflicto árabe-israelí se fue concentrando en el palestino-israelí, para derivar en el incomprensible iraní-israelí.
Desde 1948 los peligros enfrentados han sido siempre novedosos. Amenazas furibundas de echar los judíos al mar; fedayines que incursionaban a territorio israelí matando civiles; asociaciones entre grupos de terror de varias latitudes que ejecutaron secuestros espectaculares de aviones, o tiroteos sangrientos; condenas altisonantes a Israel en organismos internacionales; deslegitimación del movimiento de liberación nacional del pueblo judío; hombres-bomba y autobuses por los aires; ataques con cuchillos, atropellamientos impredecibles. Desde 2006, una modalidad mortal de lanzamiento de cohetes y misiles sobre el norte de Israel, replicada con mucho tino por las huestes de Hamás en Gaza varias veces. Una red de túneles en Gaza que ruborizaría al Metro de Nueva York, “MetroGaza” fue una obra impecable de ingeniería, ejecutada sin llamar la atención a ojos un tanto ciegos.
La necesidad es la madre de la inventiva. Israel ha tenido que arreglárselas para combatir enemigos muy creativos y más arriesgados. Es muy complicado disuadir a quien concibe la muerte propia como un acto sublime. Israel ha llevado a cabo operaciones espectaculares: ejecutó a los perpetradores de la masacre de las Olimpiadas de Múnich de 1972, realizó el rescate de los secuestrados en Entebbe en 1976, algo que sirvió de guión para varias películas que rayaron en lo inverosímil. Ante la novedosa práctica de Hamás, Hezbolá, los hutíes del Yemen y de un poderoso Irán de lanzar misiles, cohetes y drones, desarrolló un sistema de protección que es muy efectivo, pero no infalible.
El yacimiento de gas natural más grande del mundo, South Pars en Irán, en llamas tras un ataque de Israel
(Foto: redes sociales / Reuters)
Lo cierto del caso es que, desde octubre de 2023, Israel vive en guerra permanente. Hamás, Hezbolá, los hutíes e Irán no han cesado de atacar a un país que se acostumbra a vivir de alarma en alarma y de refugio en refugio. Si bien Israel ha descabezado las estructuras de los atacantes antes mencionados, y no obstante los severos daños infligidos a estos enemigos mortales y decididos, la población vive en una enfermiza rutina de acudir al refugio. La anormalidad de la guerra se viene convirtiendo en la cotidianidad del israelí.
La masificación de la información, la trasmisión en vivo de los eventos, las sirenas intermitentes de los ataques y su inmediato reporte de repercusión parecieron impresionantes durante las primeras horas, los primeros días. Las declaraciones y anuncios del presidente Donald Trump, muy frecuentes y explícitas, son siempre motivo de atención. Cuando se inicia la sexta semana de hostilidades, quienes seguimos de cerca y con preocupación el interminable conflicto nos sentimos espectadores de una serie de ficción. La diferencia casi única es que se trata de una realidad agobiante y de pronóstico reservado.
Los enemigos de Israel no son de rendirse. Para ellos, la capacidad de seguir combatiendo aun a costa de pérdidas cuantiosas, materiales y de vidas, resulta ya en una victoria. Hamás fue arrasado, Hezbolá aplastado e Irán fuertemente atacado. No hubo, ni parece que habrá, rendición en ninguno de esos frentes, todos los cuales aún cuentan y siempre contarán con cierta capacidad de fuego letal que les otorga la fuerza necesaria para nunca ondear una bandera blanca. Es muy complicado vencer a un enemigo que no acepta su derrota. Un enemigo cuyas reglas de combate son muy distintas a las de su contraparte. Un enemigo que goza también de la complacencia de quienes albergan oscuras agendas e intereses disimulados, que no ocultos.
Mientras se escribe esta nota, está trascurriendo un lapso de cuarenta y ocho horas del ultimátum americano para que el Estrecho de Ormuz sea abierto. Para los israelíes esto significa una tensión igual o mayor a la de siempre. Los períodos previos a negociaciones y altos de fuego son invariablemente precedidos por amenazas, sirenas y bombas. Una rutina invariable que cobra vidas, y un desgaste sicológico en todos los estratos de la población. El enemigo que nunca se rinde, derrotado o victorioso según su extraño cálculo, siempre quiere aprovechar una oportunidad de desaprovechar la endeble paz.
Los enemigos de Israel no son de rendirse. Para ellos, la capacidad de seguir combatiendo aún a costa de pérdidas cuantiosas, materiales y de vidas, resulta ya en una victoria
Mención especial merece la primera noche de Pésaj, que celebra la salida de Egipto y cuyo acto central es una cena familiar pascual. La noche del miércoles 1º de abril estuvo signada precisamente por una mayor cantidad de cohetes sobre Israel, en la tradición de amenazas, sirenas, bombas, idas y venidas al refugio, desconcierto, preocupación.
No sabemos con exactitud qué nos espera al terminar las cuarenta y ocho horas. Lo que sí sabemos con certeza es que Israel seguirá viviendo por un buen tiempo entre amenazas, sirenas y bombas.
Como la esperanza no estará nunca perdida, esperamos con fe que reine la paz. Esa es la victoria.

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